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Una racha súbita estremece los cristales, cae el agua como un diluvio.
Se repitió la tos.
Sintió miedo al pensar en la abuela Dionisia, allá dentro, en el afligido nieto Fernando, ella con ojos desorbitados vigilando, él desviando los suyos, en busca de una rendija, de un soplo de viento, de una mínima luz, y el malestar se transformó en náusea.
El Negus ha huido a la Somalia francesa, desde donde partirá para Palestina a bordo de un crucero británico, y un día de éstos, allá hacia fin de mes, en Ginebra, ante el solemne areópago de la Sociedad de Naciones, preguntará, Qué respuesta.Ricardo Reis se levanta del sofá, se arrastra hasta la recepción, Salvador lo mira con simpatía, si no es piedad lo que se ve en su cara, Qué, ya ha leído todos los periódicos, no tuvo tiempo Ricardo Reis de responder, todo ahora sucede con.Está sentada a la derecha de su padre, y cuando con él habla y vuelve un poco la cabeza, se le ve el perfil entero, el rostro largo, o es el cabello que, suelto, parece alargarlo, la mano derecha se alzó en el aire,.No digamos Mañana haré, porque lo más seguro es que mañana estemos cansados, digamos más bien Pasado mañana, porque siempre tendremos un día de intervalo para cambiar de opinión y de proyecto pero aún más prudente sería decir, Un día decidiré cuándo será el día.Estas ventanas no dan a la Rua do Alecrim, qué calle será, no la recuerda, si es que alguna vez lo supo, pero el camarero que viene a cambiarle el plato se lo explica, Ésta es la Rua Nova do Carvalho, señor doctor, y preguntó.Cuando entró en la plaza vio que la congregación era aún mayor de lo que antes le pareciera, ni se puede dar un paso, pero Ricardo Reis tuvo tiempo de aprender los trucos del país, y va diciendo, Perdón, perdón, déjenme pasar, soy médico,.Y en este momento mismo empieza a moverse otro barco, un contratorpedero, el Dão, sólo puede ser él, procurando ocultarse en el humo de sus propias chimeneas, y pegado a la orilla sur para huir del fuego del fuerte de Almada, pero, si escapa.Y se dice, en la modorra de la calma, que la guerra civil española se acerca a su fin, pronóstico que parece seguro si recordamos que las tropas de Queipo de Llano están ya a las puertas de Badajoz, con las fuerzas del Tercio, que.En la inmensa plaza no cabe ya ni un alfiler, y no obstante, por la periferia avanzan continuas multitudes en un fluir ininterrumpido, un desaguar, lento a la distancia, pero aquí hay aún quien intenta alcanzar los mejores lugares, y lo mismo estarán haciendo los.Quien lo viese, quien siguiese sus pasos, así tan dispuesto, creería que hay allí mucho apetito o que era mucha la prisa, que habría comido tarde y mal o que tiene una entrada para el teatro.
Si Marcenda vino, no estará bajo estos toldos, la hija de un notario de Coimbra tendrá a su espera otros cobijos, pero, cuáles, dónde.
Abrigados en la puerta de una taberna, al otro lado de la calle, fuman dos hombres, habrían bebido ya, lían sus pitillos de mataquintos, lentamente, pausados, mientras hablan de sabe Dios qué metafísicas, tal vez de la lluvia que no los deja ir al Tajo.
Ricardo Reis mira hacia la noche profunda, quien tuviera el arte de averiguar señales en los presentimientos y estados del alma, diría que algo se está preparando.
Era la primera vez, pensó, como quien se pide disculpas a sí mismo.Se oyó el pito del jefe de estación, silbó la locomotora, hizo pf, pf, pf, espaciadamente, aceleró poco a poco, ahora el camino era recto, parece como si fuera trucos en maquinas tragamonedas un exprés.Reunió los papeles, veinte años día tras día, hoja tras hoja, los guardó en un cajón del pequeño escritorio, cerró las ventanas y puso a correr el agua caliente para lavarse.Estaba el aviso listo para la botadura, enguirnaldado o, hablando con propiedad marinera, empavesado, todo dispuesto ya, ensebada la corredera, afinados los calzos, la tripulación formada en la toldilla, y se aproxima su excelencia el presidente de la República, general Antonio Oscar de Fragoso Carmona.Ricardo Reis ahora se levanta tarde.Entonces le pareció a Ricardo Reis que tendría que avisar a Lidia, era su obligación, pero inmediatamente reconsideró, En definitiva, qué es lo que le voy a decir, que he visto a Víctor en el Terreiro do Paco, puede haber sido una casualidad, también.Llegó al hotel, le abrió Pimenta, nunca se vio casa más tranquila, naturalmente los criados no duermen aquí.Antes de ir a dar las órdenes pertinentes, Salvador comprobó el funcionamiento de la estufa, que difundía por el ambiente un olor levemente aletargador a petróleo, mientras la llama, dividida en mil pequeñas lenguas azules, murmuraba sin parar.La muerte de Fernando Pessoa le había parecido suficiente razón para atravesar el Atlántico tras dieciséis años de ausencia, para quedarse aquí, viviendo de la medicina, escribiendo algún poema, envejeciendo, ocupando, en cierto modo, el lugar de aquel que había muerto, aunque nadie se diera.Ricardo Reis va con los ojos cerrados dormita al vaivén del vagón, como en una cuna, sueña intensamente, pero cuando despierta no consigue recordar lo que soñó, piensa que no tuvo oportunidad de avisar a Fernando Pessoa de que iba a Fátima, qué pensará.Ya hay quien grita de puro nerviosismo, y el alboroto aumenta cuando desde la banda del río empieza a oírse la voz profunda de los barcos anclados, los dinosaurios mugiendo con aquel bramido prehistórico que hace vibrar el estómago, sirenas que sueltan gritos lacerantes como.


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